Domingo de descanso, de reflexión y de acción de gracias. Hoy es Domingo de la alegría, de la fiesta y el perdón. Hoy nos regalas un hermoso motivo de reflexión, para pensar que en el camino de la Cuaresma. La conversión es uno de los elementos esenciales, porque convertirse es dejar los caminos que nos llevan a la perdición y encontrar el camino correcto, el camino que nos lleva al Padre, que nos hace encontrarnos con los demás como verdaderos hermanos y que nos hace sentirnos en casa. Convertirse es volver a la casa del Padre.
Hoy en tu palabra nos regalas una bella reflexión sobre nuestras cegueras y las cegueras de los demás; nos invitas a revisar nuestras cegueras: en la familia, en la Iglesia, en el trabajo, en el estudio, en la calle. Y también a pedir sin dramatismos: “Señor, cura mi mirada y enséñame a ver”. Porque a veces el milagro no es ver más cosas, sino ver mejor. Que este domingo día de alegría y regocijo sea para nosotros de verdadera claridad, de mirada, sincera y servicial. Bendícenos, guárdanos y protégenos en tu amor y en tu bondad.
PALABRA DEL PAPA
Detengámonos brevemente en el relato del ciego de nacimiento (cf. Jn 9, 1-41). Los discípulos, según la mentalidad común de aquel tiempo, dan por descontado que su ceguera es consecuencia de un pecado suyo o de sus padres. Jesús, por el contrario, rechaza este prejuicio y afirma: «Ni este pecó ni sus padres; es para que se manifiesten en él las obras de Dios» (Jn 9, 3). ¡Qué consuelo nos proporcionan estas palabras! Nos hacen escuchar la voz viva de Dios, que es Amor providencial y sabio. Ante el hombre marcado por su limitación y por el sufrimiento, Jesús no piensa en posibles culpas, sino en la voluntad de Dios que ha creado al hombre para la vida. (…) Al ciego curado Jesús le revela que ha venido al mundo para realizar un juicio, para separar a los ciegos curables de aquellos que no se dejan curar, porque presumen de sanos. En efecto, en el hombre es fuerte la tentación de construirse un sistema de seguridad ideológico: incluso la religión puede convertirse en un elemento de este sistema, como el ateísmo o el laicismo, pero de este modo uno queda cegado por su propio egoísmo. (…) dejémonos curar por Jesús, que puede y quiere darnos la luz de Dios. Confesemos nuestra ceguera, nuestra miopía y, sobre todo, lo que la Biblia llama el "gran pecado" (cf. Sal 19, 14): el orgullo. (Benedicto XIV - Ángelus, 2 marzo 2008)
ORACIÓN
Señor, tú sondeas mi corazón y conoces mi contradicción: digo una cosa y hago otra, prometo y no cumplo, te afirmo y te niego, me das y reniego, te sigo y te olvido, te pido y descuido, te creo y no vivo, confío y no espero, contemplo y soy ciego, te llamo y me cierro, me cuidas y me pierdo, camino y me quedo. Sin embargo, a pesar de todo, y a pesar también de mí, aquí voy contigo; porque la cosa no está en mí, sino en Ti que me has llamado a estar aquí; sólo en Ti que me has amado antes a mí. Así pues, Tú lo sabes todo, ten paciencia conmigo, ¡Tú sabes que te quiero! Amén.
REFLEXIÓN https://www.iglesiaenaragon.com/domingo-4o-de-cuaresma-15-de-marzo-de-2026 P. RAÚL ROMERO LÓPEZ
1.– Con Jesús puedo pasar de las tinieblas a la luz. Este ciego de nacimiento nunca ha visto la luz. Nunca ha podido disfrutar del mundo de los colores. Ha vivido siempre en la noche de la tristeza, de la inseguridad, del no saber dónde está. Imagen perfecta para definir una persona, una sociedad sin Dios. Con Jesús descubre la maravilla del ver, del poder caminar solo, de poder disfrutar de las montañas, las flores, los animales, las personas. Y, sobre todo, de poder quedar fascinado ante la presencia de Jesús, el hombre perfecto, el hombre cabal. Con Jesús ya podrá mirar a las personas “con la mirada de Dios, con la mirada del corazón” (1ª Lectura).
2.– Con Jesús puedo pasar de la esclavitud a la libertad. El ciego era un esclavo. Un ser totalmente dependiente de los demás. Su mundo era pequeño y muy reducido. El ciego era mendigo (pedía limosna, sentado). Estaba inmóvil, impotente, dependiendo de los demás. Este punto de partida es clave para resaltar el punto de llegada. Jesús le va a dar la movilidad y la independencia. Al no poder salir ni formarse, dependía de las costumbres, tradiciones y consejos de la familia. Sus padres tienen miedo a las autoridades religiosas y no quieren comprometerse. Las leyes religiosas prohibían curar en sábado y ponían la ley por encima de la persona. El horizonte que se abre para él es indescriptible. El mundo ha cambiado radicalmente. Su vida, anodina y dependiente, está ahora llena de sentido. Pierde todo miedo y comienza a ser él mismo, no sólo en su interior sino ante los demás.
3.– Sólo Jesús me invita a dar el salto mortal del no-ser al ser. No es la mejor manera de curar a un ciego el poner barro en sus ojos. Pero simbólicamente este barro tiene relación con el barro del paraíso que, al recibir el soplo de Dios, se convierte en un ser lleno de vida. Con Jesús se reinicia el primer proyecto de Dios sobre el mundo. Es curioso que el ciego utilice las mismas palabras que tantas veces en Juan utiliza Jesús para identificarse: «soy yo». Jesús le da su identidad. Antes “no era” y ahora “es”. Sin Jesús no somos nada. Con Jesús somos lo que Dios quiso que fuéramos desde el principio.
PREGUNTAS
1.- ¿Vivo en las tinieblas o en la luz? ¿Descubro que mi vida tiene sentido? ¿Me siento afortunado por el hecho de vivir?
2.- ¿De verdad que soy una persona libre? ¿No soy esclavo de nada ni de nadie? Entonces, ¿soy realmente feliz?
3.- ¿Valoro mi vida por lo que tengo o por lo que soy? ¿Alguna vez me he sentido como la nada? ¿A quien he acudido?

