Tu amor inunda de esperanza nuestros corazones al despertar e iniciar una nueva jornada.
Hoy tu palabra es de aliento y de esperanza. El profeta ahuyenta ese pesar del pueblo, señalando que Dios está presente en todo momento, dando fuerza al cansado y desvalido, acrecentando el vigor de quien no puede o no sabe andar.
Los que tropiezan y vacilan, pero esperan en el Señor, son los que renuevan sus fuerzas. Esperar en Ti para renovar las fuerzas nos lleva a llenar nuestros corazones de sentimientos positivos. Tus discípulos sintieron desánimo cuando te dijeron: «¿de dónde vamos a sacar para tanta gente?» Lo que hiciste después los edificó en la fe y la esperanza: «¿Cuántos panes tenéis?»
Cuando te pedimos algo que pensamos que no ha sido cumplido, parece que te obligamos a que hagas lo que nosotros queremos, te culpamos y nos alejamos de Ti. Lo cierto es que Tú no nos resuelves la vida, sino que eres nuestro acompañante; caminas con nosotros, nos empujas, nos levantas, nos alientas, nos animas como un amigo, pero no resuelves la vida por nosotros. No nos sustituyes, sino que cuentas con nosotros.
Ayer nos dijiste: «Venid a mí…». Esa es la llamada a todos los que viven en la desolación y en el cansancio. Dijiste: «siento compasión por esta gente» dándonos a entender que ahora es el tiempo del consuelo, ahora es el tiempo de la esperanza, ahora es el tiempo donde el alivio se muestra presente. También nos haces partícipes de la capacidad de sanación y despertar a la esperanza. A la llamada constante de un «Venid a mí…» unes la capacidad de cargar con la cruz: «aprended de mí» requiere una mirada comprometida y constante a lo que Tú dijiste e hiciste para ofrecer alivio y consuelo. Tú multiplicaste los panes y los peces. Infunde los dones de la fe y la esperanza en nuestros corazones y permite que también podamos multiplicar nuestro amor y servicio a nuestros hermanos. Que tengamos compasión y solidaridad con el enfermo, con el que está en soledad y tristeza, para que podamos escuchar tus palabras: «venid a mí el que esté cansado y agobiado y yo lo aliviaré». Bendícenos, guárdanos y protégenos. Amén.
Un muy feliz, multiplicado y esperanzador miércoles.
PALABRAS DEL PAPA
Hoy, en lugar de las multitudes que aparecen en el Evangelio, hay pueblos enteros, humillados por la codicia ajena aún más que por el hambre misma. Ante la miseria de muchos, la acumulación de unos pocos es signo de una soberbia indiferente, que produce dolor e injusticia. En lugar de compartir, la opulencia desperdicia los frutos de la tierra y del trabajo del hombre. Especialmente en este año jubilar, el ejemplo del Señor sigue siendo para nosotros un criterio urgente de acción y servicio: compartir el pan, para multiplicar la esperanza, proclama la venida del Reino de Dios. Al salvar del hambre a las multitudes, Jesús anuncia que salvará a todos de la muerte. Este es el misterio de la fe, que celebramos en el sacramento de la Eucaristía. Así como el hambre es señal de nuestra radical indigencia vital, así también el partir el pan es signo del don divino de la salvación. Cristo es la respuesta de Dios al hambre del hombre, porque su cuerpo es el pan de la vida eterna: ¡tomen y coman todos de él. (Papa León XIV - Santa Misa en la Solemnidad de Corpus Christi, 22 de junio de 2025)
ORACIÓN
Señor mío, reconozco que eres la fuente que sostiene mis fuerzas y la luz que orienta mis pasos. Hoy quiero acercarme a ti, confiado en que tu compasión no conoce límites y que tu corazón siempre se inclina hacia quienes esperan en Ti. Enséñame a confiar en que tu mano actúa aun cuando no lo percibo con claridad. Amén.
Reflexión del Evangelio escrita por Paola Treviño, consagrada del Regnum Christi.
En esta multiplicación se habla de siete panes y algunos peces; pero la verdad es que eso no importa. Más bien hay que enfocarnos en ese corazón generoso y magnánimo de nuestro Señor Jesucristo. A Cristo le da lástima ver a tanta gente —cansada, hambrienta, sedienta— y no tener con qué darle de comer. Mira a su alrededor y busca corazones que compartan su misma preocupación y encuentra a ese joven que tiene siete panes y algunos pescados.
Así también pasó con Dios: veía el mundo cansado, hambriento, sediento, inquieto y buscó y buscó y buscó corazones que le ayudaran, y encontró el corazón de María Santísima, quien le dio sus siete panes; es decir, le dio lo que tenía: su juventud, su vida y con ello Dios se hizo carne y la Palabra fue hecha vida.
Dios necesita de colaboradores que compartan sus siete panes. Hoy sigue buscando almas generosas que le ayuden a saciar el hambre… de amor, a saciar la sed de felicidad, a calmar la inquietud con la paz; busca corazones que estén dispuestos a dar sus siete panes; busca corazones generosos y un corazón generoso, —que no cuantifica, sino que simplemente se da—.
Cada persona está invitada a dar hoy sus siete panes para que Cristo pueda multiplicarlos. Siete panes pueden ser cinco minutos con uno de tus hijos, hermanos, empleados, amigos; cinco minutos de atención. Cada uno sabe cuáles son esos siete panes que hoy le pide el Señor.
Pregunta:
¿Estoy dispuesto a confiar en la providencia divina cuando mis recursos parecen insuficientes?
Cita bíblica del día.
"Señor, tú abres tu mano y sacias de favores a todo ser viviente". (Salmo 145,16)
