Un joven inquieto se presentó a un amigo y le dijo:
-Busco a Dios.
El amigo le echó un sermón, que el joven escuchó con paciencia. Acabado el sermón, el joven marchó triste en busca de un catequista.
-Busco a Dios, le dijo llorando.
El catequista le leyó una pastoral que acababa de publicar en el boletín y el joven oyó con gran cortesía, pero al acabar la lectura se fue angustiado a su padre a decirle:
-'Busco a Dios'.
Su padre se dispuso a darle un discurso, pero el joven rompió en sollozos sin poder contener la angustia.
-'¿Por qué lloras?'- le preguntó el papá totalmente desconcertado.
-'Busco a Dios y me dan palabras'-, dijo el joven apenas pudo recuperarse.
Aquella noche, el amigo, el catequista y el padre tuvieron un mismo sueño.
Soñaron que morían de sed y que alguien trataba de aliviarles con un largo discurso sobre el agua.
La mejor manera para que nuestros hermanos conozcan a Dios es que vean en nuestro ejemplo de vidad que sus enseñanzas nos transforman en mejores seres humanos.
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